En el mensaje que el Presidente de la República presentó el viernes 15 de enero a la Asamblea Nacional no le dijo la verdad a los venezolanos. Era de esperar que después de escándalos como la crisis de los bancos subsidiados con inmensos depósitos oficiales, después de la devaluación del “bolívar fuerte” y del reconocimiento de que Venezuela es un país condenado a quedarse a oscuras, el jefe de la revolución tuviera el coraje de reconocer ante el pueblo, que creyó en él y lo eligió, el gran fracaso de su proyecto político y de eso que dio en llamar “socialismo del siglo XXI”. A falta de franqueza, a lo largo del mensaje se percibió lo que viene repitiendo como excusa del fracaso. Tres días antes había dicho: “No es culpa de Chávez, sino de la cuarta república”. O sea, desde José Antonio Páez en 1830 hasta el momento en que él llegó para cambiar la historia, en enero de 1999.
Al rendir cuentas después de 11 años consecutivos en el gobierno, Hugo Chávez Frías no ha debido presentarse con las manos vacías como un recién llegado al poder, sino que tenía que mostrar grandes y trascendentales obras y rendir cuentas de los inmensos recursos administrados. Grandes obras, como la represa de Guri que revolucionó a Venezuela, llevó la electricidad al medio rural y puso el país a la vanguardia de América Latina; como el Puente sobre el Lago, construido en menos de dos años; obras de infraestructura que Chávez ha permitido que se arruinen, como lo ha hecho con la represa de Guri y con Planta Centro por falta de mantenimiento. Y también con las grandes empresas de Guayana, condenadas por Chávez a la ruina más absoluta. Nacionalizó Sidor para importar cabillas producidas por Techint en otros países. Parece que el diablo manejara los asuntos del Gobierno de la revolución bolivariana.
Chávez, y no José Antonio Páez, es el responsable de la catástrofe que nos amenaza. Entró en pánico por la reacción de la gente en las primeras 24 horas del racionamiento eléctrico porque apagaron las luces de un cuartel y de algún ministerio, pero más que por eso porque hasta sus oídos llegó el retumbar de las cacerolas. Venezuela vivió horas de caos. Más tarde fue suspendido provisionalmente el racionamiento en Caracas, pero continúa en el resto del país. De acuerdo con los técnicos, nadie nos salvará de la oscuridad porque las turbinas de Guri tienen 40 años, y 10 sin mantenimiento. De modo que el Presidente de la República lo mejor que puede hacer es pedir que Cuba, Nicaragua, Bolivia y tantos otros “clientes” le devuelvan las plantas que regaló en sus días de delirio.
El Presidente de la República ha llevado a Venezuela al borde del abismo. Después de 11 años de despilfarro, de malversación de miles y miles de millones de dólares, de hacer el ridículo en el mundo al repartir el petróleo de los venezolanos incluso a países como Estados Unidos e Inglaterra, al comprar bonos de gobiernos cómplices como la Argentina de los Kirchner, al invertir grandes sumas en sus proyectos de subversión hemisférica, al adquirir armamento de forma desordenada, al endeudar a la Nación, de pronto se ve obligado a confesar que Venezuela es un país arruinado y que, por tanto, debía devaluar el bolívar, para convertirlo en la moneda más débil de la región. En el gobierno de Chávez, el bolívar ha perdido 87% de su valor. El Presidente devalúa la moneda, pero lo hace además con el propósito de convertir la devaluación, como el control de cambio, en otro instrumento de dominación política, pues deja para el Gobierno la tasa preferencial y la exclusividad de importaciones vitales para la sociedad, de modo que todo el mundo dependa del yugo del Estado.
Según publica un periódico español en relación con Venezuela, “la incompetencia de la política económica se resume en dos datos: el producto estrella de su exportación se ha multiplicado por ocho, y el valor de su moneda se ha dividido por nueve”. La devaluación le dará más bolívares a Chávez para la campaña electoral, pero debe despedirse de la ilusión de que esos bolívares tirados a la calle (como le ocurrió antes) se conviertan en votos para que permanezca en la Asamblea Nacional el batallón de incondicionales y de incompetentes que lo ha llevado a la crisis. Ya el país está suficientemente escamado de los malos gobiernos y de los peores parlamentos.
El Presidente de la República quiso lavarse las manos la primera noche del racionamiento. No hizo cadena, como acostumbra, sino que dio la noticia de la suspensión de los recortes de energía de manera clandestina a través del canal del Estado, que hasta el momento de la llamada presidencial difamaba de todos los que protestaban contra la medida. Fue un episodio cómico, melodramático. Chávez dijo que él no tenía la culpa –inelegante manera de escurrir el bulto– y destituyó al ministro de Energía que había designado unas semanas antes, para salvar al verdadero culpable, el ministro de Energía y Petróleo. ¿Qué responsabilidad podía tener Ángel Rodríguez? Sólo una, la de haber aceptado el cargo.
El Presidente de la República ha conducido a Venezuela al borde del caos. Ante la incompetencia del Gobierno y ante una crisis de tan impredecibles implicaciones es urgente que los ministros renuncien a sus cargos. Durante 11 años el Presidente ha jugado al enroque de los mismos personajes, los lleva, los trae, los nombra vicepresidentes, pero ninguno sirve. Este es un clamor nacional.
¡Frente al gran desastre nacional queda una sola alternativa: la unidad democrática contra viento y marea!
¡La unidad de todos para salvar a Venezuela!
¡Unidad, unidad, unidad!
Movimiento 2D / Democracia y Libertad
www.movimiento2d.org
Caracas, 17 de enero de 2010 |