El Presidente de la República ha concentrado su discurso en un solo tema, cuya repetición monótona reclama un análisis explicativo. El asunto se le ha convertido en una obsesión y también en una excusa para no hablarle al país de lo que al país le importa.
El discurso del Presidente Hugo Chávez Frías es una gran fuga. Rehúsa hablarles de frente a los venezolanos; rehúsa asumir las responsabilidades de su gobierno; rehúsa ordenar las investigaciones de los escándalos oficiales que alarman a la nación en su conjunto; rehúsa decirle la verdad al país sobre el estado caótico de las finanzas públicas; rehúsa explicarles a los venezolanos por qué designó a una ex ministra cubana, miembro del Comité Central del Partido Comunista, como autoridad suprema e inapelable de la compra de alimentos, origen de uno de los fraudes más grandes que se le hayan hecho al pueblo venezolano en ninguna época; rehúsa informarle a la nación a cuántos millones de dólares ascienden las pérdidas por las miles de toneladas de alimentos putrefactos; rehúsa decirles a los venezolanos la verdad sobre la presencia comprobada de comandantes de las FARC en territorio venezolano.
El discurso de Hugo Chávez Frías gira en torno a su guerra contra el capitalismo y a su prédica por la implantación “urgente” de lo que llama “socialismo del siglo XXI”, etiqueta mentirosa con la que enmascara el comunismo. El jefe del Estado tiene un mentor, el doctor Fidel Castro, convertido en su consejero y en su oráculo, y no pretende otra cosa que llevar a Venezuela a recorrer el mismo camino que Cuba ha recorrido en medio siglo. El Presidente repite que el “socialismo venezolano es venezolano”, pero no hay modo de tapar con palabras lo que desmienten los hechos.
La agresiva respuesta oficial contra el cardenal Jorge Urosa Savino y contra toda la Iglesia Católica no se explica sino en el hecho de que la Iglesia, a través de sus obispos, está llamando las cosas por su nombre. Han advertido con claridad que lo que se trata de imponer a los venezolanos no tiene otro nombre que el de comunismo. Al presidente Chávez Frías esta verdad lo indigna porque comprende que los venezolanos rechazan de manera absoluta el comunismo, póngasele el nombre que se le ponga.
Comunismo es José Stalin y sus crímenes. Comunismo es esclavitud, cárceles, persecución, prohibición de salir de los países, pensamiento único, negación de la persona, espionaje del hermano contra el hermano; comunismo es control vitalicio de todos los poderes del Estado, control de toda la sociedad, vejamen permanente del individuo y de los derechos humanos; comunismo es hambre, pobreza y miseria como en Cuba. Prometer un comunismo bueno, “a la venezolana”, es un atentado contra la inteligencia y contra el sentido común de la gente.
Llamar las cosas por su nombre ha sido el delito de la Iglesia y de los obispos. De ahí que se les pretenda negar su derecho de ciudadanos y de pastores. Algunos de los personajes del Gobierno que combatieron la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez celebraron y encomiaron la gran Carta Pastoral del arzobispo de Caracas, Rafael Arias Banco, leída en todas las iglesias el primero de mayo de 1957. La Pastoral sacudió los cimientos de la dictadura y desenmascaró las mentiras que a través de la censura había impuesto el régimen y sus corruptos personeros. Para algunos “revolucionarios” de entonces, que vuelven a serlo ahora, la Carta Pastoral de Arias Blanco fue reconocida como un factor importante en el derrumbe de la dictadura que combatían. Por esa Carta Pastoral, el arzobispo de Caracas fue denigrado y ofendido por los gacetilleros de Pérez Jiménez y por el mismo ministro de Relaciones Interiores, Laureano Vallenilla Planchart, en los términos soeces, vulgares y decadentes con que los diputados oficialistas ofendieron al cardenal Urosa Savino. A la caída de la dictadura, el arzobispo Arias Blanco fue homenajeado por todos los partidos de la resistencia. Eso quería decir que como ciudadano y como pastor había cumplido con su deber, aun cuando se expusiera a las iras del soberbio dictador y a los improperios de sus epígonos.
Pedirle al cardenal que se quite la sotana para que vaya a debatir a la Asamblea es una de las grandes impertinencias de los últimos tiempos. Ningún debate puede librarse donde no hay libertad. Esta no es una cuestión de debates. La Constitución garantiza la libertad de expresión. Quienes deben confesarse ante el país son los diputados que aprueban leyes que violan la carta magna, como la de las comunas. Un paso audaz, sin duda, hacia la implantación del comunismo, condenado al fracaso porque frente a la amenaza más grande que haya sufrido a lo largo de su historia, Venezuela es una.
¡Por la vigencia del Estado de Derecho!
¡Por el respeto a la Constitución Nacional!
¡Por la unidad de todos los venezolanos!
Movimiento 2D / Democracia y Libertad
Caracas, 18 de julio 2010
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