Como todos los 5 de julio, los Congresos de antes y la Asamblea Nacional de ahora han celebrado sesiones solemnes que limitan su agenda a la lectura del Acta de Independencia y al discurso de orden de un invitado especial. Este es el rigor de una celebración solemne, con invitados especiales, incluido el cuerpo diplomático. Este año resultó todo al revés. El encargado de leer el acta nunca había pronunciado un discurso. Leía y punto.
Esta vez, el jesuita Numa Molina rompió la tradición, y logró los aplausos y la aprobación del poder que se propuso: pronunció un discurso. El orador de orden, el presidente de Ecuador, Rafael Correa, hizo lo que tenía que hacer, pero de pronto el Presidente de la República rompió el protocolo y confundió el hemiciclo con el Poliedro. En minutos, el acto solemne se transformó en zafarrancho.
La invocación a los fundadores de la nacionalidad fue suplantada por el Presidente de la República, que de buenas a primeras tomó la palabra sin que nadie se la diera y sin que le correspondiera dirigirse al país en ese momento. Fue un irrespeto a la nación, al cuerpo diplomático y al propio Parlamento. El jefe del Estado se desató en improperios contra el cardenal Jorge Urosa Savino. Lo llamó conspirador y troglodita porque el prelado había advertido a los venezolanos sobre el rumbo evidentemente orientado hacia el socialismo marxista que el Presidente le ha señalado a la revolución bolivariana. No se detuvo allí. Prácticamente interpeló al nuncio de su santidad acreditado ante el Gobierno. Reveló en su excitación lo que no debía revelar, lo que era cuestión reservada a las prerrogativas de Estados soberanos como la Santa Sede y la República venezolana. Fuera de sí, el Presidente reveló las conversaciones sostenidas con el enviado especial del Papa. Su candidato no era el arzobispo Urosa Savino, sino monseñor Mario Moronta, de quien dijo que “había sido enviado al exilio” en el estado Táchira. Con una frase sola, de pocas palabras, ofendió al Papa, a Urosa, a Moronta y a los tachirenses, y naturalmente, a todos los que lo oyeron, de modo muy especial el nuncio apostólico que lo miraba con ojos de asombro y de incredulidad. El nuncio parecía preguntarse si, en efecto, estaba oyendo a un jefe de Estado. Seguramente pasó por su mente la posibilidad de retirarse, recurso al cual apelan los diplomáticos en situaciones semejantes. No lo hizo. Resistió y sólo respondió con su mirada imperturbable.
Los insultos presidenciales dañaron la sesión solemne del 5 de Julio. El cardenal no estaba en Venezuela. Desde Roma, le respondió al Presidente. Dijo: “Lo primero que debo decir es que el Presidente no tiene licencia para insultar, difamar ni injuriar a ningún venezolano. En varias ocasiones me ha agredido verbalmente, exponiéndome injustamente al escarnio público. Rechazo totalmente dichas agresiones, que desdicen de quien las realiza”. En efecto, el prelado ha sido agredido de manera persistente por el jefe del Estado. Algo que no tiene precedentes en nuestro país, pues si en efecto hubo desavenencias entre gobiernos y representantes de la Iglesia, nunca se llegó a estos extremos inaceptables de agresión personal y difamación.
Las iras del Presidente de la República tradujeron su reacción ante la denuncia del cardenal Urosa Savino sobre las tendencias totalitarias del régimen bolivariano. Al Presidente le aterra que se le diga que está imponiendo el comunismo en Venezuela. Conoce perfectamente el rechazo firme de la inmensa mayoría de los venezolanos a esos planes y, sin embargo, los adelanta con obstinación. Conoce perfectamente la ruina que el comunismo ha sembrado en Cuba, donde la gente se muere de hambre, donde vivir es un oprobio cotidiano, pero para él no hay otro profeta que el doctor Castro.
El Presidente se indigna cuando se le critica el rumbo hacia el comunismo, pero ordena a la Asamblea Nacional que apruebe la Ley de Comunas, que viola la Constitución y destruye el orden jurídico, socava gobernaciones y alcaldías, y crea un confuso sistema de comisarios que dependerán directamente de él. Quieren imponer el comunismo, pero al mismo tiempo se aterran con el comunismo, y saben lo que se juegan. Libran una carrera contra el tiempo, ven como una pesadilla la posibilidad de que la Asamblea Nacional que se elija el 26 de septiembre tenga una mayoría dispuesta a rescatar la independencia de los poderes.
De ahí este atropello de leyes contra la propiedad y contra la democracia. De ahí la destrucción del aparato productivo, la estatización compulsiva, las confiscaciones de industrias y comercios, el terror desatado entre empresarios y trabajadores amenazados de quedar en la calle. No hay sector nacional que no haya sido severamente afectado por las políticas oficiales. Destruyeron la producción nacional, pero destruyeron también la capacidad de importación, y ahora, como en Cuba, no tenemos ni lo uno ni lo otro. El Gobierno maneja las divisas como otra arma política dirigida “a destruir la burguesía”. Pero en esta guerra anticonstitucional y absurda, el Gobierno bolivariano también ha destruido el Estado.
Es patético, el Estado es un rehén de intereses extranjeros. La deuda pública interna y externa se dispara porque las políticas de derroche no tienen límites, y el recurso del endeudamiento es lo único que le queda al Presidente de la República. Las deudas de Pdvsa reflejan la crisis de una corporación que fue sólida. La quiebra de Pdvsa es la quiebra del Estado. Quebró Pdval, miles y miles de contenedores de alimentos dañados se perdieron por la incompetencia y la corrupción. Miles de millones de dólares se pudrieron, en medio del silencio y la impunidad. A quienes se atreven a reclamar se les estigmatiza con los remoquetes de “conspirador” y “burgués”. Se les difama, se les ofende, se les hostiliza. Al Gobierno sólo le queda el miedo que pueda infundir. Pero, al mismo tiempo, está roído por su propio miedo porque no le puede dar la cara al país. No puede rendir cuentas. No puede decir la verdad. Están conscientes de que es imposible engañar a todos todo el tiempo. Quieren imponer las comunas soviéticas y saben que el tiro les puede salir por la culata. Ha llegado la hora de dejarle todo el miedo al Gobierno.
¡Por la vigencia de la Constitución!
¡Por el retorno al Estado de Derecho!
¡Por la unidad de los sectores democráticos!
Caracas, 11 de julio de 2010
Movimiento 2D Democracia y Libertad
www.movimiento2d.org
El Cardenal respondió desde Roma
Con serenidad, el Cardenal Urosa Savino respondió a las agresiones presidenciales, llamó a la reflexión, y en un texto que debe conocer todo el país, reiteró su pensamiento. Veamos este fragmento: “Pasando por encima de la Constitución, el Presidente y su gobierno quieren llevar al país por el camino del socialismo marxista, que copa todos los espacios, es totalitario y conduce a una dictadura, ni siquiera del proletariado, sino de la cúpula que gobierna. Contrariando la voluntad popular, que el 2 de diciembre de 2007 rechazó la propuesta de reforma estatizante y socialista de la Constitución nacional, a través de leyes inconstitucionales se pretende implantar en Venezuela un régimen marxista, como abiertamente lo ha proclamado en repetidas ocasiones el Presidente. Tal conducta es inconstitucional e ilegal, pero sobre todo atenta contra los derechos humanos, civiles y políticos de los venezolanos. El fracaso del socialismo marxista en otros países es más que evidente”.
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