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domingo 05 de febrero de 2012
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El Presidente de la República se ha propuesto degradar todas las instituciones públicas de Venezuela, al tiempo que pretende demostrarle al mundo que él controla a discreción los poderes del Estado. Irrespetó, en primer lugar, al Poder Legislativo al presentar un mensaje que no es el establecido por la Constitución, el cual conlleva la rendición de cuentas, una clara exposición sobre la obra cumplida y una escrupulosa demostración de los ingresos y de los egresos de la nación. No lo hizo así el primer mandatario. Las finanzas públicas son un hueco negro.

Miles de obras aparecen como contratadas, sin que se hayan realizado. El manejo de los recursos especiales, sean de Fonden o del Fondo Chino, corren la misma suerte que los ingresos de empresas o bancos del Estado, de los cuales el Presidente dispone de manera personal en sus comparecencias de Aló, Presidente. De modo que su arenga de nueve horas y media ante la Asamblea Nacional no fue el mensaje anual de los presidentes, sino algo completamente distinto, aplaudido por la mayoría del oficialismo que se esmera en sus ejercicios de complacencia y de incondicionalidad.

El segundo irrespeto a otro de los poderes del Estado tuvo por escenario el Tribunal Supremo de Justicia, con ocasión de la apertura del año judicial. Nunca a un presidente de la República se le había ocurrido tomar la palabra en una ceremonia exclusiva del Poder Judicial y a la cual concurre como invitado especial, como un gesto de cortesía y nada más. No se sabe de dónde ni de quién surgió la idea, que no pudo ser espontánea y menos improvisada, de la presidenta del TSJ, de invitar al jefe del Estado a clausurar la ceremonia. Algo absolutamente impropio e indebido. El Presidente empezó diciendo que “no sabía cómo comenzar”, como si reconociera que estaba incurriendo en un grave error. Pero muy pronto entró en calor, y utilizó el estrado del Poder Judicial para pronunciar un discurso de campaña electoral.

El comandante no habló como jefe del Estado, sino como jefe de su propia campaña. Estuvo a punto de proclamarse ganador el 7 de octubre, y de solicitar allí mismo el reconocimiento. Según él, nadie lo iguala en Venezuela. Es el líder único. Los precandidatos independientes que compiten por la candidatura de unidad nacional no le merecen sino menosprecio. No son ciudadanos de un país de iguales, sino “agentes del imperialismo y del capitalismo”. Él encarna la patria, y los demás son traidores.

El comandante convirtió el golpe del 4 de febrero en otra batalla de Carabobo. Este fue el tenor del discurso presidencial en el TSJ. Prometió acabar con todas las leyes que no se ajusten al socialismo del siglo XXI. Se conoce que muchos magistrados participan del proyecto político del Presidente, pero vale la pena preguntar si todos los magistrados respaldan estos irrespetos al Poder Judicial. No pocos aplaudieron, a sabiendas de que los videos son cuidadosamente revisados a posteriori por agentes de inteligencia.

La otra institución gravemente irrespetada esta semana fue la Fuerza Armada Nacional Bolivariana. Ayer fue puesta al servicio de una celebración política del Presidente de la República, como son los veinte años del intento de golpe de Estado del 4 de febrero de 1992. Fue movilizado todo el arsenal bélico; se exhibieron los bombarderos, los gigantescos tanques, los cohetes y los fusiles Kalashnikov rusos; desfilaron miles de soldados, y proliferaron las alabanzas al líder único. Preguntamos: ¿cuánto le cuestan al pueblo venezolano estas fanfarrias?

No es esta la misión que la Constitución vigente le señala a la Fuerza Armada Nacional Bolivariana. La carta fundamental es clara: no podrán estar al servicio de partido o de personalidad alguna. El 4 de febrero de 1992 no es una fiesta nacional. Fue, simplemente, un sangriento intento de golpe de Estado. Entonces, fue la propia Fuerza Armada la que preservó y defendió el orden constitucional. Un capítulo que nadie puede borrar. Tras esta calculada degradación de instituciones y poderes del Estado se oculta la táctica artera de trasmitirle al pueblo venezolano el mensaje de que “aquí no hay para nadie”, que “aquí no hay sino un líder único”, y que, por consiguiente, es inútil que se hable de elecciones y, menos, de la derrota del proyecto autocrático. Trágicamente, esta degradación afecta la moral y la ética de Venezuela como pueblo y como nación.

El último episodio de este sistemático asalto a las instituciones tuvo lugar el jueves 2 de febrero en el teatro Catia, mientras el comandante celebraba los “primeros trece años de su gobierno”, y afirmó que “la Fuerza Armada Bolivariana es chavista”. Ya no se puede ir más lejos.  Es un desafío a la conciencia nacional. Y como desafío debe ser asumido por civiles y militares.

Caracas, 5 de febrero 2012

movimiento 2d democracia y libertad
www.movimiento2d.org

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