El 4 de febrero de 1992 el comandante Hugo Chávez Frías encabezó un sangriento golpe de Estado que fracasó a las pocas horas de haber estallado. Los golpistas, según propia confesión, pretendían implantar un régimen revolucionario, abolir la democracia pluralista, ilegalizar los partidos políticos, gobernar sin Constitución y establecer un régimen de facto, según las tradiciones del golpismo militar latinoamericano de los cincuenta y setenta. En un contexto regional dominado por los gobiernos democráticos, por la vigencia de tratados internacionales, lo más probable es que aquella aventura, de haber logrado sus objetivos de derrocar al Gobierno constitucional, hubiera sobrevivido muy poco tiempo.
Hugo Chávez Frías sería ahora un mal recuerdo. Por una paradoja trágica para Venezuela y los venezolanos, el fracaso salvó al comandante. Fue a prisión por muy poco tiempo, disfrutó de todas las consideraciones de la democracia “burguesa”, se le respetaron escrupulosamente sus derechos humanos, su celda en la cárcel de Yare se convirtió en rendez-vous de viejos conspiradores y de señoritas sofisticadas (incomodadas por su propia sociedad) que iban a expresarle su solidaridad. El comandante y sus camaradas terminaron siendo indultados. Y borrón y cuenta nueva. ¡En Venezuela no había pasado nada! Así se comportó la democracia que el comandante Chávez Frías siempre ha llamado “democracia criminal”.
Han pasado veinte años desde aquel 4 de febrero de 1992. Hugo Chávez Frías fue elegido presidente de Venezuela y tomó posesión en enero de 1999, frente a lo que calificó de “Constitución moribunda”, porque él mismo la condenó a muerte en el momento de la juramentación. En su abono conviene decir que no engañó a nadie. Simplemente no creía en esa ni en ninguna Constitución. La que lleva su firma, la de 1999, aprobada en referéndum popular, corrió igual suerte que la de 1961. También es una Constitución “moribunda”. Si se lee lo que la Constitución establece sobre las Fuerzas Armadas, su condición profesional, su no militancia partidista y su misión de grandes guardianes de la seguridad y de la soberanía de la nación, jamás al servicio de personalidad alguna –reza el texto–, se comprenderá la violación de que es objeto. Y no faltan, otra vez, los que piensen que ¡en Venezuela no está pasando nada!
Lo que Hugo Chávez Frías no logró el 4 de febrero de 1992, lo logrará el 4 de febrero de 2012.
El Presidente de la República y comandante en jefe de la Fuerza Armada Bolivariana celebra el 4 de febrero como si se tratara de un episodio del rango de la Batalla de Carabobo. Un gran fracaso se convierte en efeméride. Pero el fracaso terminó siendo, en efecto, un gran triunfo personal: logró sus objetivos de politizar las Fuerzas Armadas y ponerlas al servicio de la revolución del socialismo del siglo XXI. Ya el comandante se olvidó de las plazas públicas, de las calles, del confortable teatro Teresa Carreño. Ahora está acuartelado en la Academia Militar, y el gran patio y el auditorio son sus escenarios políticos. En las últimas semanas el comandante no ha salido de esos predios.
Después de las ceremonias se queda “por ahí”, como por casa propia, y dialoga en los pasillos y se siente trasportado cuando un cadete le confía que está leyendo un libro revolucionario. Su conclusión fue entusiasta: “Estos cadetes serán más revolucionarios que nosotros”.
En el acto de graduación de 300 oficiales de tropa, el miércoles 25 de enero por la tarde, el comandante en jefe habló como el jefe de un partido político y no como jefe del Estado venezolano. Se sintió realizado cuando el joven teniente Ramos mencionó en su discurso el libro Las venas abiertas de América Latina de Eduardo Galeano, pero sobre todo cuando el teniente citó una frase del Che Guevara. ¿Qué decir de esto? Lo de siempre, señores: ¡En Venezuela no está pasando nada!